Cuando nadie nos ve reímos, nos enfadamos, nos pedimos perdón y nos reímos otra vez. Sin miedos, sin juicios, sin prisa… Hacemos lo que nos da la gana, a veces alguna cosa que «tenemos» que hacer. Pero no importa, estamos juntos, a veces revueltos, a veces sin mezclar. Son esos días en los que nos olvidamos de pensar y solo nos cabe el vivir…
 

Cuando pasó la Navidad estaba decidida a hacer un montón de planes en familia. Salir de excursión a ver la nieve, descubrir algún restaurante chulo, o deslumbrarnos con alguna exposición espectacular.  La idea era hacer algo «especial». Pero nada más lejos de la realidad. Llegado el momento, lo único que nos pedía el cuerpo era quedarnos en casa. Dar un paseo por el pueblo, quizá bajar un poco al parque, o una vuelta con las bicis y a casita. Al calor del hogar. 

 
El pasado fin de semana fue más de lo mismo. Plan casero completo, con pinceladas de tareas domésticas, mezcladas con algo de trabajo y bañadas de rutina. Pero mis hijos dijeron que había sido uno de los mejores días de su vida. Mi marido también me comentó lo muchísimo que había disfrutado y yo tenía esa misma sensación, aunque no entendía muy bien porqué. Al fin y al cabo, ¿qué había tenido de «especial» el fin de semana?

 

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Me costó verlo. Estamos acostumbrados a llevar un buen ritmo de vida. Y con buen ritmo me refiero a no parar mucho en casa. Cuando no es cumpleaños, es una comida con amigos o con la familia o es una feria que termina justo ese fin de semana y hay que aprovechar … Y antes, cuando trabajaba fuera de casa, era aún peor porque teníamos la agenda llena también entre semana. Las extraescolares a todas horas, unas para poder conciliar, otras porque crees que son buenas para ellos; los cumpleaños de sus amigos del cole, a los que no quieres faltar porque es la única forma de conocer a otras madres y asociarlas a sus hijos; las reuniones del cole, la elaboración de disfraces, los médicos … 
 
El primer día que trabajé desde casa y mis hijos salieron del cole con el resto de niños, directos a casa, no se lo podían creer ¿Tenemos toda la tarde para jugar? Me decían con la cara llena de emoción. Aquello me sorprendió. No tenía ni idea de lo importante que era para ellos estar en casa, con sus cosas, jugando a su ritmo, sin nadie que les dijera cómo, cuándo y con quién. Sin embargo, el fin de semana seguía siendo para salir, entrar, en definitiva, hacer cosas «especiales».

 

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Pero el sábado pasado lo vi claro. Por un instante el tiempo se congeló y todo cobró sentido. Estábamos sentados los cuatro, con un juego de mesa que nos tenía atrapados, mientras en el tocadiscos sonaba Luisa Sobral, un reciente descubrimiento musical que os recomiendo. La casa estaba bastante desordenada. En la cocina quedaban los restos de un bizcocho casero que habíamos hecho para merendar; los juguetes de mis hijos estaban esparcidos por todas las estancias de la casa, mi despacho estaba lleno de retales a medio coser… Pero nada importaba. La partida en familia, la música de fondo, y nosotros disfrutando «aquí y ahora».

 

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El día tuvo de todo. Pusimos lavadoras, hicimos compra, cocinamos, recogimos la casa, hicimos deberes, trabajamos… Hubo tiempos de estar cada uno a sus cosas, ratos de lectura, ratos de jugar, guerra de cosquillas, enfados, reconciliaciones, abrazos, te quieros… Y todo sin mirar el reloj, sin premeditación, dejándonos llevar por el ritmo familiar. Como en un día de verano donde la rutina transcurre lenta pero con un delicioso sabor…

Porque cuando nadie nos ve, podemos ser quienes somos. Descubrirnos y compartir. Conocernos, querernos, cuidarnos. Sin prisa, sin distracciones, sin estímulos ajenos que nos distraigan de aquello que hemos venido a hacer: VIVIR.

 
 
 
 
 
 

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